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JESÚS AÑADE DOMINIO PROPIO A MI FE

5 sept
5 min de lectura

En los devocionales anteriores, aprendí que la fe es el fundamento de mi vida abundante en Cristo. Jesús añade Su virtud a mi fe, cambiando mi manera de ver la vida para que comience a verla desde la perspectiva eterna de Dios. Él añade Su conocimiento a la virtud, ayudándome a entender quién soy: un hijo de Dios.


Ahora Jesús añade dominio propio a Su conocimiento.

“Por esta razón, pongan el mayor empeño en añadir a su fe…conocimiento; al conocimiento, dominio propio”. 2 Pedro 1:5–6


Jesús no me está pidiendo que controle mi vida con mis propias fuerzas. Me está enseñando a entregarle el control a Él.


¿Cómo cambia mi manera de responder a mis deseos, circunstancias y emociones cuando le entrego el control a Jesús?


El dominio propio comienza cuando reconozco quién tiene el control


El dominio propio significa ejercer control sobre mis deseos terrenales, mis pasiones, mis palabras y mis emociones. Pero el dominio propio bíblico no consiste simplemente en controlarme a mí mismo. Comienza cuando me entrego a Jesús y permito que Su Espíritu me guíe.


Cuando Jesús me da Su conocimiento, aprendo que soy un hijo de Dios. Cuando añade dominio propio a ese conocimiento, comienzo a aprender cómo vivir como Su hijo.


Soy un hijo del Rey. Mi Padre me da la fuerza necesaria para reflejar el carácter de Jesús dondequiera que vaya.


El conocimiento me enseña que soy un hijo de Dios. El dominio propio me enseña a vivir como Su hijo.


Mi vida debe reflejar a Jesús, mi Rey


Dondequiera que vaya, quiero reflejar a Jesús, mi Rey. Él no me ha llamado a reflejar los valores del mundo. Me ha llamado a vivir para Él, para que Su luz brille a través de mí en medio de la oscuridad que me rodea.


Mis palabras deben reflejar a Jesús.

Mis actitudes deben reflejar a Jesús.

Mis respuestas deben reflejar a Jesús.


Mis emociones son reales, pero nunca fueron creadas para gobernarme. Jesús es mi Rey. Cuando le entrego mi corazón, Él me enseña a responder con sabiduría, gracia, paciencia y amor.


Una vida sin dominio propio queda desprotegida


Proverbios 25:28 dice: “Como ciudad invadida y sin murallas es el hombre que no domina su espíritu”.

Cuando se escribió este proverbio, las murallas protegían a las ciudades de los ataques enemigos. Una ciudad sin murallas quedaba expuesta y vulnerable.


De la misma manera, una vida sin dominio propio es vulnerable. La ira puede controlar mis palabras. El temor puede controlar mis decisiones. El orgullo puede controlar mi actitud. Los deseos terrenales pueden apartarme de la voluntad de Dios.


Cuando permito que mis emociones me gobiernen, dejo áreas de mi vida desprotegidas. Pero cuando entrego esas emociones a Jesús, Él se convierte en mi fortaleza y me enseña cómo responder.


El dominio propio es fruto del Espíritu de Dios


El verdadero dominio propio no proviene de esforzarme más. Surge cuando permito que el Espíritu Santo obre dentro de mí.


Gálatas 5:22–23 me enseña que el fruto del Espíritu incluye amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.


El dominio propio crece cuando permanezco cerca de Jesús y permito que Su Espíritu me llene. Él me ayuda a detenerme antes de hablar, a orar antes de reaccionar y a entregarle mis emociones antes de que ellas tomen el control.


2 Timoteo 1:7 dice: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio”.


El temor no viene de Dios. Dios me da Su poder para enfrentar lo que me asusta, Su amor para guiar la manera en que trato a los demás y Su dominio propio para ayudarme a responder de una manera que lo honre.


Mis emociones deben llevarme a Jesús


¿Alguna vez mis emociones estorban lo que Dios quiere hacer en mi vida?


Romanos 14:23 me enseña que todo lo que no procede de la fe es pecado. Cuando el temor, la ira, el orgullo o la preocupación hacen que excluya a Dios de mis circunstancias, ya no estoy respondiendo con fe.


Pero no tengo que negar ni esconder lo que siento. Puedo llevar cada emoción sinceramente ante Jesús.


Cuando tengo miedo, puedo confiar en Él.

Cuando estoy enojado, puedo pedirle paciencia y sabiduría.

Cuando estoy preocupado, puedo poner mis circunstancias en Sus manos.

Cuando mi orgullo ha sido herido, puedo pedirle que me haga humilde.


A medida que entrego mis emociones a Jesús, el Espíritu Santo llena mi corazón con Su paz, paciencia, bondad y amor.


El dominio propio mantiene a Jesús en el trono de mi vida


2 Timoteo 3 advierte que las personas se amarán a sí mismas y vivirán sin dominio propio. El egoísmo coloca mis deseos, sentimientos y posesiones por encima de todo lo demás.


El orgullo me dice que yo debo tener el control. Hace que me enoje cuando no consigo lo que quiero y que sienta ansiedad cuando no puedo controlar lo que sucederá después.


Cuando cedo ante estos deseos egoístas, en ese momento desplazo a Jesús del trono de mi vida. En lugar de preguntarme cómo puedo obtener el control o conseguir lo que quiero, necesito hacerme una pregunta mejor:

“¿Cómo puedo honrar a Jesús en este momento?”


En lugar de perder la paciencia, puedo honrar a Jesús deteniéndome y alabándolo.

En lugar de culpar a otra persona, puedo honrar a Jesús aceptando mi responsabilidad y escogiendo perdonar.

En lugar de ceder al temor, puedo honrar a Jesús confiando en Su presencia y en Sus promesas.

En lugar de ceder a mis deseos terrenales, puedo honrar a Jesús entregándome completamente a Él.


Jesús cambia mi manera de responder


El dominio propio está arraigado en saber quién es mi Padre y quién ocupa el trono de mi vida.


Cuando Jesús cambia mi manera de ver la vida, comienzo a verla desde una perspectiva eterna.

Cuando Jesús me da Su conocimiento, entiendo que soy un hijo de Dios.

Cuando Jesús añade dominio propio, comienzo a responder ante la vida como Su hijo.


El dominio propio no significa que yo tenga el control de todo. Significa que reconozco que Dios tiene el control y yo no.


La fe pone mi confianza en Dios.

La virtud pone mi vida en Sus manos.

El conocimiento me enseña quién soy en Cristo.

El dominio propio entrega mis deseos, mis palabras y mis emociones a Jesús.


Reflexiona

  • ¿Qué emoción o deseo intenta controlarme con mayor frecuencia?

  • ¿Cuándo me resulta más difícil detenerme y entregar mi respuesta a Jesús?

  • ¿Hay algún área de mi vida en la que estoy tratando de mantener el control?

  • ¿Cómo puedo honrar a Jesús mediante mi respuesta a lo que estoy enfrentando hoy?


Ora

Padre, gracias por hacerme Tu hijo. Enséñame a recordar que Tú siempre tienes el control, aun cuando mis circunstancias parezcan abrumadoras.


Jesús, Tú eres el Rey de mi vida. Ayúdame a entregarte mis deseos, mis palabras, mis actitudes y mis emociones. Cuando sienta la tentación de reaccionar con ira, temor, preocupación u orgullo, recuérdame que debo detenerme y acudir a Ti.


Espíritu Santo, lléname de Tu poder, Tu amor y Tu dominio propio. Guarda mi corazón y guía mis respuestas. Ayúdame a reflejar a Jesús con mi vida, para que los demás puedan ver Su luz en mí.


En el nombre de Jesús, Amén.


Que Dios le bendiga,

Capellán Wayne Ruckman

 
 
 

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